24 Jun, 2026

Me Tocó Quien Debía Protegerme

Me Tocó Quien Debía Protegerme

Tenía 8 años. El agresor era un tío que venía todos los domingos a comer a la casa. Mi mamá lo adoraba. Mis primos jugaban con él. Y yo me escondía en el baño cada vez que lo oía llegar.

No pude decírselo a nadie hasta los 28 años. No porque no quisiera, sino porque no tenía las palabras. ¿Cómo le dices a tu mamá que su hermano favorito te hizo algo que ni siquiera sabes cómo nombrar? Cuando era niña, ni siquiera sabía que lo que me pasaba tenía un nombre. Solo sabía que me sentía sucia, diferente, rota.

Las consecuencias invisibles

El abuso sexual infantil no termina cuando terminan los tocamientos. Se queda. Se instala en tu cuerpo como un programa que corre en segundo plano: afecta cómo te relacionas, cómo confías, cómo te percibes. En mi caso, desarrollé una hipersexualidad en la adolescencia —buscaba validación en relaciones sexuales que no quería— y después, en la adultez, el péndulo se fue al otro extremo: evitaba la intimidad por completo.

Tuve dos matrimonios que fracasaron. En ambos, mis parejas se quejaban de que yo era "fría", "distante", que "nunca quería nada". Yo no sabía cómo explicarles que el problema no era falta de amor, sino un miedo profundo e irracional a ser tocada.

El momento en que pedí ayuda

Después de mi segundo divorcio, toqué fondo. Una psiquiatra me diagnosticó TEPT complejo y me derivó a sexología clínica. Llegué a Equilibrio Mental temblando. La terapeuta me dijo algo que cambió mi vida: "Lo que te hicieron no define quién eres. Define quién fue él."

El camino de vuelta

Mi proceso incluyó EMDR, terapia somática y un trabajo profundo de reestructuración cognitiva. Aprendí que mi cuerpo había desarrollado respuestas de protección legítimas ante una amenaza real, y que desactivar esas respuestas requería tiempo, paciencia y un espacio seguro. Hoy, a los 32, tengo una pareja que conoce mi historia, que respeta mis tiempos, y con quien puedo ser íntima sin terror. No estoy "curada" —el trauma no desaparece—, pero ya no me controla.

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